Héroes (IV) / Heroes (IV)


Es habitual que haga  mención a aquellas intervenciones policiales meritorias que aparecen en los medios, ya sean nacionales o internacionales. Muchas veces -más a menudo de lo que mucha gente cree- los policías se la juegan a una carta para salvar la vida de una o varias personas. Hoy quiero felicitar desde aquí a aquellos policías que prestaron servicio el 01 de febrero de 2010 en Santa Cruz de Tenerife y en especial a aquellos bomberos y policías que para salvar a una chica casi mueren ahogados.

I use to mention all those police interventions which are meritorious that appear in national or international media. Lots of times -more frecuently than people thinks- police officers risk their lives to save other people’s lives. Today I want to congratulate all those officers that were on duty on 1st february 2010 in the city of Santa Cruz de Tenerife, and specially to those firemen and police officers that could have lost their lives when they tried to save a girl.


Cómo poner orden en el desorden.


Reflejo a continuación lo publicado por el “Diario de Avisos” de fecha de hoy, respecto al servicio prestado por la Unipol de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife con motivo de la celebración del Carnaval 2010. Fotos obtenidas del mismo medio.

Nana García
Santa Cruz de Tenerife

Lunes de Carnaval, considerado popularmente el “día de la máscara”. Como en siglos pasados, el ritmo y el color de los bailes populares toman las calles de Santa Cruz, inundándolas de la creatividad y el disparate de los disfraces hasta el amanecer. También, al igual que antaño, el excesivo consumo de alcohol y sustancias estupefacientes dan lugar a riñas, conflictos y desenfreno. Es la otra e “inevitable” cara de las carnestolendas, una realidad que no se puede eludir, razón por la que el Ayuntamiento capitalino pone en marcha, desde el inicio de los actos del Carnaval hasta su finalización, un dispositivo de seguridad y emergencias en el que están implicados diferentes recursos como la Unidad de Intervención Policial (Unipol), grupo formado por agentes de la Policía Local de Santa Cruz, cuya labor, enmarcada “en la seguridad”, se basa en tres premisas fundamentales: “Prevención, mediación e intervención”.

“El Carnaval no es sencillo”, explica el subinspector de esta dotación José Francisco González, particularmente cuando se concentra en un mismo sitio “una masa de miles y miles de personas”. “Nosotros estamos aquí para intentar evitar esos conflictos -añade- pero siguiendo unos protocolos de actuación”. En este sentido, el también subinspector y jefe de la Unipol, Javier Rodríguez, matiza que “para la cantidad de gente que se mueve en una noche como la de hoy [por el lunes] -de 150.000 a 200.000 personas- tampoco hay una gran inseguridad como para alarmarse”.

Esta dotación, cualificada con una preparación y entrenamiento especiales, realiza “todas las acciones de acuerdo con un protocolo específico” teniendo como eje la seguridad, “ya sea para los propios actuantes como para las personas con las que intervenimos, además de los alrededores”, concreta Javier Rodríguez.

En el denominado cuadrilátero del Carnaval (entre la plaza de España y la plaza Weyler, acotado por la plaza de Europa, La Noria y la calle Villalba Hervás), la Unipol es el único recurso que realiza patrullajes desde las dos casetas que posee en Santa Cruz, una ubicada en la plaza de España y otra en la calle del Castillo durante toda la noche. De manera coordinada y alternada, cuatro equipos formados por binomios de ocho agentes llevan a cabo “salidas preventivas”, de tal manera que mientras hay una unidad en una esquina de ese cuadrilátero fingido, las otras tres están en otros puntos diferentes al mismo tiempo y van rotando cubriendo así todo el Carnaval”, indica González.

Apagando fuegos

Madrugada del martes de Carnaval, 2.30 horas. Un equipo de la Unipol se dispone a hacer una salida ’rutinaria’ por los bailes y las aglomeraciones intentando aportar orden al desorden. Si bien hace años existían algunos ’puntos negros’ en el perímetro de la fiesta, hoy en día “no hay una zona más conflictiva que otra”, aseguran los subinspectores. En la zona más joven del Carnaval de Santa Cruz, la de los quioscos, cuatro menores fueron sorprendidos consumiendo hachís, una escena que se repite en la calle Emilio Calzadilla, en la plaza del Príncipe y la calle El Pilar no solo con hachís, sino también con cocaína, pastillas y heroína. Mientras varios agentes cachean a los intervenidos, otros disponen el perímetro de seguridad, al tiempo que se levanta el acta correspondiente a la Subdelegación del Gobierno. “Nos fijamos en el lenguaje corporal de los delincuentes potenciales”, observan los agentes en relación a su actuación. Durante casi tres horas, los equipos se ven desbordados interviniendo en reyertas tras los quioscos, auxiliando a jóvenes intoxicados por el alcohol y mediando en disputas entre parejas. “Parece que vamos con un extintor apagando fuegos; son muchos conflictos que se evitan con la mediación”, argumenta el jefe del grupo. Son las 5.30 horas, el trabajo se agrava y hay que redoblar los esfuerzos. El resultado: un centenar de intervenciones, un joven grave por un corte en el cuello tras una agresión y otro fallecido en la vía pública.

Un grupo con preparación única
“Nos insultan, nos dificultan el trabajo y aún así siempre estamos intentando hacer nuestra labor de mediación para buscar una solución positiva”. De esta manera explica el subinspector José Francisco González (dcha.) por qué están ’obligados’ a “cachear a una persona antes de pedirle la identificación”. La Unipol está integrada por un grupo de policías que han adquirido una formación específica, una “especialización, que se nota bastante” en “la mecánica y la organización” que desarrollan en las intervenciones, comenta el jefe Javier Rodríguez (izq.). “Entendemos que a nadie le gusta sentirse interrogado por las fuerzas del orden -agrega- pero nuestras actuaciones intentan ser lo más pulcras y respetuosas posible, y eso solo lo da la formación”.

NO SE LO MERECEN… / THEY DON’T DESERVE THIS…


El General Patton decía que le gustaban los políticos porque de vez en cuando les organizaban a los militares alguna que otra guerra. Si Patton viviese hoy en día y fuese español le daría vergüenza leer el siguiente artículo publicado en Interviú. Quiero decir para que lo sepa el mundo que los soldados españoles luchan como los mejores, pero su condición de militares les obliga a cumplir las órdenes emanadas del poder político que, nos guste o no, fue elegido por el pueblo.

Es loable y necesario construir escuelas y hospitales, pero por mucho que quieran convencernos de que la presencia en Afganistán es humanitaria, aquello es una guerra IGUAL a la de Irak… o peor. De cualquier manera no se pueden enviar a la guerra a un soldado con 5 cargadores de HK G36 o sea con 150 cartuchos.

General Patton said that he liked politicians because sometimes they organized some war to the militaries. If Patton would live today and if he’d be Spanish, he’d be ashamed after reading the following article publishe on Interviú magazine. I want to say to everyone that Spanish soldiers fight like the best, but ther military condition force them to obey the orders from politicians that were elected by Spanish People.

It’s fantastic and necessary to build schools and hospitals, but despite they try to convince us that our presence in Afghanistan is humanitarian, there is a war EQUAL THAN Iraq one… or worse. Whatever it is soldiers shouldn’t be sent to a war with only 5 HK G36 magazines, in other words 150 cartridges.

Afganistán: veteranos de la misión cuentan sus miserias

Vas ahí arriba y piensas: «Si esto se pone chungo, tengo balas para diez minutos». Al principio llevaba todo puesto, el chaleco con placas antibalísticas abrochado hasta arriba, el cuello para la metralla, el casco. Pasados unos días pensé: «Joder, si me dan, que me maten de una. Paso de quedarme aquí sufriendo como un perro». A todo esto te da tiempo a pensar cuando sales de patrulla de nomadeo: cinco días subido a la torreta con una [ametralladora] 12,60 en las manos y sin munición apenas”. No es el diálogo de Black Hawk derribado, lo cuenta un veterano de Afganistán, un chaval de 26 años que pasea por Jaca con vaqueros, una sudadera y tiene cara de buen tipo, que se confunde con la chavalería local. Los soldados enviados a Afganistán son jóvenes lanzados a un país en la Edad Media. Y su día a día es bastante penoso.

Este relato de Iván Portela da cuenta de muchas de las cosas que pasan allí, en la cara B de lo que se supone que debería pasar. Escasez de municiones, escasez de combustible, de apoyo, de comida, barro y una sensación de inseguridad, como de caminar sobre hielo. Quizá lo más aberrante de su historia militar en Afganistán fue el día que tuvieron que repostar y comprar comida cerca de Bala Murghab, en los confines de la provincia de Baghdis. El oficial al mando fue a un surtidor local y negoció el precio; allá fue el convoy a rellenar con gasoil del surtidor. “Acojonante. Luego, fuimos al súper –dice este ex cabo del Ejército con mucha sorna–, es decir, a los puestos de la calle a comprar arroz y harina para tener algo de comer en la vuelta, por si acaso, porque se nos habían acabado las raciones de contingencia y la comida que llevábamos cada uno”. El oficial al mando de la patrulla, un teniente, negocia los precios y saca los fajos de afganis (la moneda local) para pagar por unos sacos de arroz. “Al menos para lo de llenar los depósitos hicimos un poco de perímetro defensivo, porque era un líquido inflamable pero, vamos, por el pueblo, de compras…”.

La ruta que seguía la unidad de este ex militar, adscrito entonces a la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT), es la denominada Ruta Lithium, la misma en la que fue asesinado en una emboscada el 1 de febrero el soldado John Felipe Romero. Se trata de una vía clave para mantener el control de la provincia que España se ha comprometido a reconstruir y proteger.
Iván pertenecía al mismo contingente que Idoia Rodríguez, la primera mujer militar muerta en acción. La sensación de inseguridad era otro de los martirios en la misión, de acuerdo con su testimonio. “Los niños –empieza a contar–, sí, muy simpáticos, pero cada dos por tres te salen con una pistola o un fusil de una esquina. Joder, serán de juguete, pero entre eso y que todo el mundo sabe los nombres cifrados de la base y de las patrullas, y la fecha exacta de nuestros relevos, pues te acojona”. El trabajo más arduo de las tropas españolas es mantener abierta la Ruta Lithium, de menos de 200 kilómetros, que transcurre por valles cerrados y puertos muy complicados y es desértica en su mayor parte. España ha invertido una importante cantidad de dinero en mantenerla abierta. Parte de los recursos han sido para mantener posiciones del ejército afgano (ANA) diseminadas hasta Bala Murghab. Otra de las rutas peligrosas es la que va hacia Gormach, en otro de los confines provinciales.

A las emboscadas, las penurias del terreno, hay que añadir otras, las del material. “No podíamos hacer muchos kilómetros seguidos. Los vehículos no aguantaban. Cuando no era un manguito, era la suspensión, las ballestas, la electrónica… Se paraba uno y había que detener el convoy”, explica Portela. Un oficial también veterano de estas patrullas corrobora su testimonio: “Planificábamos más la ruta pensando en dónde nos quedaríamos tirados y podrían venir a por nosotros que por razones tácticas. Era una pesadilla”.
“Nos decían: «Tranquilos, que si os quedáis tirados ya mandaremos a por vosotros», pero, ¡joder!, estábamos a dos días de camino de Bala Murghab. Si no nos llegaba ni la comida ni el combustible”. Las paradas eran tan reiteradas que la disciplina y la autoprotección se relajaban. “Las primeras veces vigilábamos los sectores, hacíamos perímetros de seguridad, controlábamos las cotas. Cuando se ha jodido un coche diez veces ya ni los oficiales llevan el casco puesto. Si vienen a por nosotros, nos zumban. Nada de seguridad: cero”. Un vídeo al que ha tenido acceso esta revista muestra a un sargento en medio de un convoy parado. Mira el reloj y dice: “Afganistán, 15,05 horas. El Ejército español desplegado, las cotas cercanas, a menos de 500 metros, controladas para que no nos den por culo. El pelotón en operatividad máxima”. En imagen, soldados sentados a la sombra de los vehículos, paseando, charlando sin casco ni armas: “Aburridos”, resume Iván.

Se trata de los Vehículos de Alta Movilidad Táctica (VAMTAC), bautizados como Rebecos. Su rendimiento en Afganistán se ha mostrado muy deficiente. El difunto teniente general Bernardo Álvarez del Manzano, al mando de las operaciones entonces, decidió que los BMR (Blindados Medios sobre Ruedas) fueran la espina dorsal del despliegue en lugar de los Rebecos, que siguen operando en la zona, no obstante. Ahora son los RG-31 Lince, antiminas y emboscadas, quienes deberían estar patrullando Afganistán. A pesar de que ya hay 14 en el terreno de operaciones, diversas fuentes hablan de los mismos problemas de fiabilidad que tenían los otros blindados.

“Para hacerse una idea –explica un comandante veterano de Afganistán–, los Hummer americanos tienen una velocidad de operación mínima de 60 kilómetros por hora. Esa era nuestra velocidad máxima en terrenos desfavorables con nuestros vehículos”. Algún VAMTAC ha tenido que ser destruido en el terreno porque era imposible recuperarlo. “Ahora hace gracia, pero entonces no tenía ninguna. Cuando había barrizales te decían: «Toma carrerilla, que pasa». Y nada, enfangados hasta arriba. Y las piezas rotas”, cuenta Iván.

Las patrullas transcurren la mayor parte de las veces por parajes desolados. Seis fusileros metidos en el carro, un tirador y el jefe asomados. Los pueblos son miserables; las montañas, monumentales. “Diez, doce horas ahí subido, con la 12,70, dan para darle vueltas a la cabeza”, explica Portela. “Lo peor es que miraba para abajo y yo, que era el arma principal de defensa, sólo llevaba siete cajas de munición y cinco cargadores para mi HK (el fusil de asalto de dotación de la Fuerzas Armadas). Con eso no tengo ni para diez minutos disparando. Si nos emboscan, estamos vendidos”. Cansancio, hambre y sensación de inseguridad no son buenas recetas. “La vida en la base era otra cosa. Allí al menos comes caliente, aunque también tengo mis dudas sobre la seguridad. Los empleados entraban y salían, veían nuestros papeles”.

La base española en Qala e Naw está situada en el centro de la población. Actualmente se está edificando otra en las afueras, de enormes dimensiones, 70 hectáreas, con todas las medidas de seguridad, que ha costado 44 millones de euros. El Ejército tiene dispuestos planes de evacuación de Qala e Naw en caso de un grave problema, para lo que fue necesario también asfaltar el aeropuerto. Barro, asfalto, piedras. No, Afganistán no es un camino de rosas.


Esto no lo necesitamos en absoluto / We don’t need this at all


Navegando por la red encontré esta noticia del correo.com:

Tensión en Huesca entre la Ertzaintza y el Cuerpo Nacional de Policía

La intervención de la Ertzaintza en Jaca, a donde acudió para localizar y detener a Igor Martín Niño, está generando una polémica entre los sindicatos del Cuerpo Nacional de Policía y de la Policía autónoma. El pasado jueves, el SUP cuestionó la legalidad del desplazamiento de los ertzainas a la localidad oscense y sugirió que estaba dispuesto a emprender acciones legales contra el magistrado de la Audiencia Nacional Eloy Vasco por haber permitido que los agentes vascos viajaran hasta Huesca para continuar con la operación iniciada en Ondarroa. Ayer, el sindicato mayoritario de la Ertzaintza, Erne, aseguró que la polémica es «innecesaria y absurda» y reclamó a los responsables de Interior en Madrid y Vitoria que se «coordinen» para evitar este tipo de discusiones públicas.
Erne aseguró que durante la investigación realizada por la Policía autónoma en Jaca se produjo «un conflicto» entre un inspector de Policía y los agentes vascos «que obligó a intervenir al Ministerio de Interior, puso en problemas el desarrollo de la labor de la Ertzaintza y la obediencia a los mandatos del juez Velasco». En este sentido, reclamó al magistrado de la Audiencia Nacional que aclare si «se vulneraron sus órdenes».
Al parecer, en Jaca se produjo una discusión entre ertzainas y policías nacionales sobre el operativo. En la disputa se produjeron momentos de tensión en los que medió uno de los funcionarios judiciales que se había desplazado hasta la localidad oscense. En la trifulca, uno de los mandos de la Policía vasca llegó a dirigirse en euskera a los policías españoles.
Erne respaldó ayer la legalidad de todas las operaciones llevadas a cabo por la Ertzaintza fuera de la comunidad autónoma vasca y recordó que ya se ha actuado en Cantabria, Burgos e incluso en Madrid. Además, destacó que los agentes vascos comenzarán a trabajar en breve en la comisaría hispanofrancesa de Hendaya.
Frente a tal noticia ¿qué se puede decir?. Sea cuales fueren las conclusiones que cada un saque, hay una sóla cosa segura y es que ante el terrorismo y los asesinos de ETA u otra ideología hay que hacer frente común y no enfrentarnos entre nosotros, porque ellos son los que sacan tajada de ello. Recuerden: “Divide y vencerás”, ya lo decía Julio César.
Es muy fácil pensar que los compañeros de la Ertzaintza están aprovechando de los nuevos tiempos políticos que corren en su comunidad, pero no hemos de caer en lo fácil. Es nuestra obligación como agentes de la autoridad y por tanto como tripulantes del mismo barco, colaborar para la consecución del fin último que no es otra cosa que lo recogido ni más ni menos que en el artículo 104 de la Constitución Española, ley a la cual todos estamos sometidos. Pero nos guste o no también estamos sometidos a los designios y los deseos de los políticos que, aparte de desear -esperemos- la desaparición de la delincuencia, tienen otros intereses no siempre claros u objetivos desde un punto de vista ideal o utópico.
Sea como fuere agradecer y felicitar a TODOS los compañeros de todos los cuerpos policiales que participaron en la operación su trabajo cuyo resultado todos conocemos por las noticias de los últimos días.